15/1/11

Niño de las montañas


Phurba tiene diez años y corre contento junto a Cheji y Dawa siguiendo a los hombres que llegan por la ladera. Son muchos y vienen en cuatro todoterrenos. Buena señal. Eso es que traen muchas provisiones y muchos aparatos. Necesitarán ayuda.

Phurba sabe ya lo que es trabajar para los extranjeros. Comenzó hace un par de años. Era verano, la única temporada en que los extraños se atreven a adentrarse en la comarca. El cielo era de un azul cobalto especialmente intenso y la línea agreste de las crestas nevadas brillaba bajo el sol del mediodía. Acababa de regresar de la escuela cuando su padre, mirada seria y tono de voz profundo, le dijo enfrente de sus hermanos:

- Phurba, ya eres mayor. Eres el hijo mayor. Es hora de que trabajes con los mayores. Mañana vendrás con la expedición.

Phurba se sintió orgulloso de sí mismo, aunque no sabía aún qué significaba todo aquello. Sus dos hermanos chiquitos y su hermana, un par de años mayor que él, le observaban con honesta admiración. Pasó la noche despierto, ilusionado con su entrada en el universo de los adultos. Supo pronto qué era aquello. Le cargaron a la espalda un fardo de quince kilos que hubo de acarrear montaña arriba. Él estaba acostumbrado a caminar por el pedregal con sus sencillas sandalias pero no era lo mismo hacerlo con aquel peso sobre él. Aguantó, apretó los dientes y aguantó. Su recompensa fue una sonrisa de su padre mientras le revolvía el cabello al llegar a casa y la felicidad que vio en el rostro de su madre por el sueldo recibido. Desde entonces, Phurba ha acompañado muchas veces a los porteadores. Aún no le dejan continuar más allá de la bocana del glaciar. Tiene que crecer más, le han dicho. A las últimas travesías, donde descansan los espíritus, sólo llegan los muy expertos. Dicen que ganan mucho dinero. Él quiere llegar a ser uno de ellos cuando se haga grande. Pero, por ahora, sólo puede acompañar a la procesión de porteadores que se arrastra por los campamentos de baja altura. Ha aprendido mucho inglés que es la lengua en la que los forasteros se comunican con ellos. Dawa sabe aún más palabras porque se le da bien eso de aprender idiomas de otras tierras. Pero Phurba es más fuerte y ágil. Ha llegado a portar hasta veinte kilos, para envidia de sus amigos.

Llegan los jeeps y los habitantes de la aldea se arremolinan junto a ellos. Descienden los extranjeros. Son doce. Visten anoraks de colores chillones, llevan manoplas, botas enormes, gorros de lana y gafas oscuras a través de las cuales no se les puede ver la mirada. Cheji se ríe de ellos. En el estío la temperatura es agradable y a ellos les basta una camisa ligera para sentirse a gusto pero aquellos tipos parece que ya estuvieran arriba, en las cumbres blancas, en medio del hogar de Chomolangma, donde el hielo es duro y rocoso. Son blandengues estos visitantes. Para subir necesitan tanta ayuda que los niños de la aldea piensan que están enfermos.

Aún no ha amanecido. Phurba está en el grupo. Esta vez, también Dawa. Caminarán juntos. Dawa se ríe por la carga que le ha tocado en suerte. Hace cling cling con cada paso. Serán cantimploras de metal o fiambreras o clavijas. Quién sabe. Qué más da. Phurba lleva encima varias tiendas y sacos de plumón para que los extranjeros duerman confortablemente. Más allá, su padre carga con cuatro bombonas de oxígeno porque estos forasteros tienen los pulmones pequeñitos y se ahogan en las alturas.

El sol sale tímido por entre las montañas. Hay nubarrones a lo lejos que se iluminan de anaranjado cuando la luz de la mañana les golpea de súbito. El escenario es hermoso pero Phurba sabe que esos nubarrones pueden llegar sobre ellos en pocas horas. Y nunca es bueno ascender por la montaña si el tiempo se encrespa. Su madre, previsora, le ha hecho llevar un jersey de lana y, en su pequeño hatillo, lleva un poncho de plástico que su padre compró a unos alemanes el pasado año. Eso servirá. Deberá servir.

Tras varias horas se detienen a comer algo. Él come un trozo de tsampa y parte de las lentejas que lleva para todo el día en su saco. Los otros hombres, los extranjeros, sacan unas barritas envueltas en papeles multicolores y encienden un hornillo donde calientan una sopa que sacan de unos sobres más multicolores aún. Uno de los expedicionarios se acerca a Phurba. Le saluda. Se ha quitado las gafas y las manoplas. Es bueno poder mirar a los ojos directamente sin el obstáculo de los gruesos vidrios oscuros. Tiene buen mirar. Le sonríe. Le dice que se llama Pedro. Spanish le dice. Vienen a subir el Pumo Ri. Si hay suerte, comenta. Si el tiempo les respeta, suspira, mientras alza la vista hacia los nimbos que cada vez están más cerca. Le da una chocolatina. A Phurba le gusta el chocolate. Come sólo un poco porque el resto lo compartirá más tarde con sus amigos. Le es simpático el spanish.

- Algún día, cuando seas más grande, te enseñaré a escalar en el hielo- Phurba cree que le ha dicho en inglés.

Sí, eso le gustaría. Traspasar la línea que todavía no le dejan cruzar. Donde la nieve ya es densa y los hombres necesitan zapatos con púas de acero para caminar sobre ella. Se lo agradece aunque sabe que quizá ese montañero no regrese más al Tibet. Quién sabe. Por lo general, todas las caras son distintas cada año.

Es hora de reanudar la marcha. Los extranjeros vuelven a echarse encima las fuertes pero ligeras chaquetas, se colocan las polainas, reatan sus botas especiales, se ajustan sus gafas de alta protección ultravioleta y toman sus bastones de fibra de carbono estampada. Dawa le ayuda a Phurba a cargar el fardo y este le ayuda a aquel. Se colocan cerca del hombre que le ha dado el chocolate. Va charlando con otro de sus colegas de expedición que debe ser de otro país porque usan el inglés para comunicarse. Phurba está atento a lo que dicen. Le gusta saber lo que los mayores hablan, lo que sienten, lo que piensan. Él, algún día, será como ellos. El montañero le mira, le sonríe y continúa hablando con su compañero, un hombre con barba.

- Puede ser que la cultura local se esté olvidando pero estos niños tendrán un futuro mejor gracias a las expediciones de escaladores – ha dicho.

- Pues en mi país- contesta el otro- dicen que se explota a los sherpas.

- Siempre hay excesos. Es inevitable. Pero no es así, en general. Nosotros pagamos bien, mucho más que los japoneses, por ejemplo.

- ¿Ah, sí? ¿How much, Cuánto si puede saberse?

- Dos o tres euros por jornada a los niños y hasta siete u ocho a los adultos.

- Holy Cow! That’s a fortune! They must be happy with you, guys! - exclama admirado el hombre de la barba.

Phurba se siente orgulloso de ser tan importante.