13/1/11

Memorias impresionistas



Después, cuando lo recuerdo, creo que somos personajes de un lienzo impresionista. Por alguna razón mágica, cada vez que llegamos a la gran cafetería del hotel, esta está completamente vacía. Frente a nosotros, siempre la gran cristalera que se funde con un océano pintado de borreguitos y destellos aguamarinos, con un cielo en donde flotan nubes blancas. Pedimos los cafés, o las aguas tónicas o las cervezas y la camarera desaparece, amable, discreta, para dejarnos con la intimidad que reclamamos. Entonces, simplemente, hablamos y la luz que entra a raudales por los ventanales motea tu carita de reflejos y pecas de color. Te difuminas en la atmósfera sutil y, como si un maestro pintor utilizara sus acuarelas y sus pinceles, la magia del momento va pintando en mis memorias escenas que perduran por siempre. Luego, no recuerdo de qué hablamos en esas ocasiones pero tengo increíblemente presente, como si acabara de vivirla, la impresión de paz y pertenencia que en mi cincelas.