15/1/11

Desayuno


La cafetería era coqueta, justo en la esquina donde el mar rompe contra el malecón. La mañana era hermosa, adornada por una bóveda azulada y muy fría como deben ser los amaneceres de invierno. Nos sentamos enfrente del ventanal frente a una estupenda panorámica del puente viejo y la desembocadura del río. Apenas había transeúntes y el tráfico escaso remoloneaba perezosamente entre semáforos que te hacían guiños. La ciudad apenas se había vestido de sol para que nosotros la disfrutáramos. Pedimos los cafés, el zumo y unos bollos. Calentaste tus manos apretando la taza con delicadeza. La luz se encaprichó de tu pelo y de la suave piel de tus mejillas. Tuve ganas de besarte allí mismo apasionadamente, como ocurre en las películas, pero sólo enlazamos nuestras manos y acaricié pausadamente la silueta de tus dedos. Estuvimos solos un buen rato, mi silla al lado de la tuya, mis ojos prendidos en los tuyos, mis oídos acunados por tantas cosas que me contabas. Me cuentas siempre mucho y, sin embargo, el ansia que tengo por saber de ti no disminuye un ápice. La cita que tenías hizo que tuviésemos que salir. Te ayudé a colocarte la bufanda y el abrigo. Al salir, la temperatura era gélida, luminosamente fría. Nuestro aliento formaba pequeñas nubecillas de rocío que se desintegraban juguetonas al momento. El mar estaba calmo. Metiste tu mano en mi bolsillo y yo la apreté con todo el amor del mundo.