16/8/09

Agosto




Antes de conocerla, Ferdinand opinaba que las vacaciones de verano eran una lata. Después de hacerlo, le resultaban simplemente insoportables porque era el tiempo en que la veía alejarse lejos, allá donde la línea del mar ponía fin al continente. En agosto, Ferdinand dormía poco porque al acostarse la echaba tanto de menos que le costaba conciliar el sueño y una vez dormido los sueños le asaltaban, se le antojaba que estaba a su lado y se despertaba anhelando darle los buenos días para encontrarse sólo con su soledad. En agosto, Ferdinand comía poco porque el mediodía le pillaba escribiendo algún poema cursi o mirando fotografías de cuando estaban juntos. En agosto, Ferdinand no hacía nada de provecho porque las más de las horas se dejaba arrastrar por la nostalgia de la añoranza. Era un mes lento, tedioso, insoportable. Hubiera deseado que el Papa Gregorio resucitara cuatro siglos después para que convocara a sus astrónomos a modificar otra vez el calendario y que, como ocurrió en el Renacimiento, decretasen que debían desaparecer diez días pero, esta vez, en agosto y no en octubre. Las vacaciones anuladas por bula santa. Nada que objetar. Así, Lidia no tendría que calentar ninguna hamaca en una playa en la que él no podía estar. O, mejor aún, a Ferdinand le hubiese gustado poder disponer, quizá en forma de real decreto, cómo deberían ser las vacaciones. Cosas mucho más bizarras se regulaban, de modo que bien podía ordenarse qué hacer en agosto. Para empezar, quedarían prohibidos los desplazamientos largos por carretera, avión o barco. Amén de que se evitarían muchos lamentables accidentes, eso obligaría a que Lidia permaneciera a su lado cuanto más tiempo mejor. A cambio, las comidas se extenderían en larguísimas sobremesas en torno a una limonada muy fría, se escucharían palmas y guitarras a lo lejos, habría siestas llenas de gemidos y de besos, la brisa del mar acunaría los tamarindos y las oropéndolas o los jilgueros trinarían juguetones. Las noches se pintarían con estrellas y Lidia se sentaría, con su espalda apoyada en el regazo de Ferdinand, envuelta en sus brazos, para mirar si alguna lágrima fugaz volaba por el firmamento y poder expresar un deseo. A cambio - los pies descalzos, las olitas mansas acariciando los tobillos de Lidia - habría paseos por playas oscuras en las que una luna gibosa y nacarada colgaría del cielo. Habría fiestas de barrio con farolillos de colores y banderolas y una orquestina que tocaría valses con los que poder bailar. Y llegarían artistas que cantarían baladas al atardecer, golondrinas que revolotearían inquietas, pintores callejeros que retratarían su sonrisa y gitanas que le ofrecerían comprar una rosa para prenderla de su pecho. Habría claveles florecidos y hortensias azules en los jardines, cerezas y albaricoques que sus labios probarían tentadores. Terrazas en las que cenar mirándose a los ojos, libros que comentar juntos, horas que perder el uno junto al otro.






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