27/7/08

¿Es la literatura digital descentralizadora?




En general, cuando se habla de literatura digital, nos encontramos con dos mundos aparentemente inmiscibles. Los que defienden la digitalidad literaria otorgándole toda clase de bendiciones y los que, por el contrario, la anatemizan negándole cualquier beneficio. El segundo grupo está, probablemente, destinado a desaparecer más tarde o más temprano. Aún cuando yo, en anteriores posts, soy crítico (aún utilizandola como medio creativo) con el desarrollo actual de la literatura digital, estoy convencido de que el tiempo y la tecnología la impondrán. El aspecto técnico es el más predecible. Los infumables soportes lectores actuales serán pronto mejorados y tendremos e-paper realistas. No está tan claro cuándo tendremos con nosotros autores digitales geniales que atraigan a un significativo número de lectores. Hay que suponer que es cuestión de tiempo.

Queda el campo de los defensores acérrimos. Estos suelen enfatizar en el carácter descentralizador de la nueva literatura digital que “libera” al autor de las redes establecidas de publicación, de los editores , de la publicidad y de los canales habituales por los que las obras llegan al lector. Se aduce que cualquiera puede construir una web y poner a disposición de todos las obras que uno crea. Las bitácoras se multiplican (como esta en la que esto escribo) y cada cual tiene sus fieles amigos que le leen y le siguen. Incluso, algunos blogs alcanzan cifras de audiencia muy importantes (aunque, mucho más en los que no son de ámbito literario) pero, a pesar de ello, nos resistimos a creer que son “lectores” en el sentido convencional del término. Esta posibilidad de crear una bitácora, de subir nuestras obras digitalizadas a un servidor y que esté al alcance de todos hace pensar en que la literatura digital es descentralizada y compartida, sin la jerarquía que impone la tradicional cadena escritor->editor.

Pienso que no es así.

Es verdad que la auto-publicación hace que aumente la cantidad de textos a disposición de los lectores (aunque no necesariamente la calidad) y que uno puede dejar de verse a sí mismo como un escritor rechazado por las editoriales, a verse como un escritor poco leído pero con muchas cosas que decir. También es cierto que, al menos en teoría, los menores costes de edición y distribución deberían hacer que los editores desarrollaran mucho más profundamente la literatura digital. El hecho de que, en la práctica, esto no ocurra se debe a que los lectores no compran estos productos en gran parte debido a la pobreza de la tecnología puesta aún en juego. Leer en pantalla sigue siendo un engorro.

Pero no parece que pueda hablarse de descentralización real. La verdad es que la democratización literaria es sólo aparente.

Primero, está al alcance de muy pocos. De hecho, en gran parte del planeta, el papel impreso convencional es más descentralizador que la literatura digital. Porque, para empezar, la literatura digital se soporta en un medio físico mucho más controlable y complicado de poseer que el papel. Las redes informáticas no son descentralizadas. La conexión de las redes entre continentes pasa por unos pocos cables submarinos y por unos pocos satélites de telecomunicaciones que, obviamente, son controlados por sus dueños, bien sean grandes compañías de telecomunicación o sean gobiernos. Los servidores por los que circula la información son también escasos y deben adecuarse a los requisitos legales de control de la información que cada nación dispone. Todo ello, sin olvidar que es extremadamente sencillo establecer restricciones a la circulación de la información electrónica (incluso para bloquearla en un país completo) bien sea por motivos sociales, morales, éticos o políticos. Desde luego, más sencillo que privar de libros a toda una nación. No parece correcto decir que las editoriales convencionales controlan más que las instituciones y empresas que controlan la red. Y sin dejar de mencionar que cada vez que leemos algo –aparentemente libre- recibimos una avalancha de cookies, spyware, sniffers, virus y addware.

Segundo, el usuario de literatura digital necesita de un hardware local muchos órdenes de magnitud más complejo que el papel. Un ordenador, energía para hacerlo trabajar, conexión telefónica, etc. Cuando hablamos de la revolución de la Web 2.0, de la descentralización de la información, de la simplicidad de publicación, etc lo hacemos desde una visión muy euro-centrista u occidente-centrista. Sin duda, es mucho más fácil hacer llegar a una zona remota de África un montón de libros que ordenadores. Sin duda, es mucho más sencillo que una gran parte de la población mundial acceda a la satisfacción de leer buena literatura con papel que por vía digital, más sencillo tener una imprenta manual que una electrónica. Esto puede cambiar en un futuro lejano pero, hoy por hoy, es así. Por cada individuo que tiene un acceso sencillo a la red hay seis en el planeta que no tiene siquiera acceso.



Todos, por ejemplo, podemos recordar la típica imagen de una persona lanzando octavillas. Eso ha ocurrido y ocurre en todo el mundo. Sencillo de hacer y poco controlable. ¿Se imagina alguien hacer lo mismo vía digital cuando basta un pequeño programa bloqueador en un servidor para cortar todo acceso? ¿o enviar un mensaje dejando el rastro de la IP? ¿qué es más controlable?

Tercero, la literatura digital está tan contaminada por el negocio como la convencional. Si, en este instante de la historia, la mayoría de las publicaciones son en papel es porque el público lo demanda así. Pero, incluso en esta situación, todo lo que hacemos digitalmente pasa, finalmente, por una visión empresarial: la del que alquila espacio en un servidor, el que paga por subir una web, el que paga por descargar un texto (o por conseguir la licencia legal), el que indirectamente lee la publicidad que financia nuestro blog, etc, etc. Y los programas sobre los que desarrollamos los textos son estándar, uniformizantes, que es casi lo opuesto a la descentralización. Es mucho más una uniformidad cultural que otra cosa. ¿En qué se diferencia la estructura de los millones de blogs en el mundo? ¿Podremos encontrar –como en el pasado- cantigas y cuentos orientales, manuscritos en rollos de tela y en pergaminos miniados? ¿O todo será un blog con el mismo formato y basado en unos cuantos templates que “alguien” habrá desarrollado bajo previo pago?

Cuarto, hay que considerar el problema de la falsa identidad que tan facilmente permite la red, la cual no tiene porqué ser positiva. Verdaderamente, en algunos casos, permite publicar algo que de otro modo no podría ser visto en ciertos lugares. Pero, en otros casos, permite proponer ideas perniciosas de manera masiva (sí, opino que no todas las ideas son debatibles. Debatir sobre la necesidad de cometer un genocidio, por ejemplo, no es admisible. Proponer la ablación del clítoris de las mujeres, tampoco. Defender la aniquilación de mendigos, tampoco. Y todo eso tan abominable puede encontrarse hoy en la red) ocultando la fuente y el grupo de opinión que las defiende. Si, por ejemplo, una página defendiera la aniquilación de la población y fuera firmada por miembros de una secta, amén de las responsabilidades legales en que incurriera, no sería valorada ni escuchada por casi nadie. Pero, edulcorada, falsamente atribuida a un grupo religioso de ámbito mundial o a una Universidad de primer orden, y masivamente transmitida podría tener nefastas consecuencias y generar funestos estados de opinión uniformes. La frontera entre la libertad de expresión y la barbaridad puede ser muy tenue en ocasiones. Cierto, esto ocurre asimismo en el libro convencional pero se trata de un problema de escala. Con el libro, la expansión de un riesgo de este tipo sería complicada. En la red, el virus puede diseminarse dramáticamente en horas.



Quinto, no practicamos con el ejemplo. El usuario medio defiende la libertad de acceso a Internet, la descentralización de la red, etc. pero luego protege su ordenador con toda clase de elementos que impiden la llegada de tal información: proxies, firewalls, antivirus, programas que impiden navegar en muchos lugares, etc. No es ya una imposición que llegue de arriba sino algo que nosotros mismos deseamos. ¿Cómo va un autor de literatura digital explorar las posibilidades de la misma si el uso, casi obligatorio, de scripts, flashes, etc va a ser bloqueado por la mayoría de lectores? ¿Cuántos de nosotros al recibir un mensaje de que la obra digital tiene contenido activo seguimos leyendo? ¿cuántos abortamos la ejecución de la obra "por si acaso"?